viernes, 2 de marzo de 2007

¡Amor! Amor... ¿Amor?

Esta entrada en el blog de Bliss ha hecho que se ponga de nuevo en marcha en mi cabeza la maquinaria de pensar. Y no es que vaya a llegar a conclusiones muy esclarecedoras, pero ahí quedarán, para quien las quiera leer. ¿Es realmente el amor un sentimiento tan humano como el odio, que no se ve afectado por el paso del tiempo transcurrido desde que San Pablo escribió esa carta a los Corintios? (de cuya respuesta, por cierto, no hay ninguna constancia así que o el correo funcionaba muy mal por aquel entonces o eran rematadamente maleducados estos Corintios) Porque si leemos la descripción que este Santo Varón hace del mismo no puede decirse que esté hablando de lo que en nuestros días llamamos “Amor”, así, con mayúsculas y luces de neón.
“El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no es presumido ni
orgulloso; no es grosero ni egoísta, no se irrita, no toma en cuenta el mal; el amor no se alegra de la injusticia; se alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. (...) Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de las tres es el amor.”
Como bien dice Bliss en los comentarios, ese amor tan perfecto sólo se da en las relaciones materno-filiales, ni siquiera los padres ni mucho menos los hijos son capaces de igualar ni corresponder ese amor. En las relaciones afectivas fuera del entorno familiar tampoco existe el amor como el que pinta San Pablo. En el mejor de los casos se produce un sentimiento unilateral que desde luego no está en absoluto libre del egoísmo. ¿De dónde si no viene el sufrimiento? Del deseo absoluto de correspondencia, de que el objeto de nuestro amor nos lo devuelva en la misma medida. Incluso la frase "Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera" tiene unas terribles connotaciones al estar tales razones en la base del matrato en la pareja. Cuando, de nuevo en el terreno unilateral que antes mencionaba, un individuo es capaz de sentir de esa manera, también se vuelve en su contra cuando lo refleja en su forma de actuar. La naturaleza del ser humano nos hace desear lo inaccesible, de tal forma que cuanto peor se nos trata (dentro de unos límites que marca cada uno, por supuesto) más nos atrae el objeto de nuestro interés, y cuanto mejor se portan con nosotros, menos interesantes nos resultan los que tan bien nos "quieren". Ojalá pudiéramos dejar de desear un mundo ideal que por nuestra propia naturaleza nunca alcanzaremos. Ojalá pudiéramos reconciliarnos con esta naturaleza nuestra y aprender a vivir con nuestros "defectos"

2 comentarios:

josef dijo...

Estoy de acuerdo en esencia con tu postura sobre el amor. Es más, en la actualidad sufro una relación nada maternal y sí muy egoísta de experimentar el amor que me carcome. Un saludo!

Gambito dijo...

Cuánto siento que estés de acuerdo conmigo. Me temo que en el fondo esperaba que alguien echase por tierra mi manera de ver el amor, por aquello de que ese alguien es feliz amando.