Si me siento ante el ordenador con la sola compañía del “Concierto para oboe y orquesta en Do mayor K 314” de Mozart me cuesta un gran trabajo creer que fuera de los límites que mi percepción sensorial inmediata me marca haya un mundo que se mueve al ritmo de los pequeños problemas cotidianos de cada ser humano, así como del de los grandes problemas que aparentemente marcan nuestro destino como especie viva. Sin que me haya supuesto un gran esfuerzo de sometimiento de voluntad he decidido mantenerme al margen de la actividad informativa diaria para centrarme en el análisis y búsqueda de soluciones de mi propia miseria.
No consigo entender cómo los individuos de esta sociedad pueden albergar en su cabeza tanto las miserias propias como las ajenas, llegando en ocasiones incluso a encontrar un cierto confort en la comparación de ambas. Mi cabeza es incapaz de tal ejercicio, hasta el punto de que, si la sitúo en esa tesitura, no puede separar las sensaciones endógenas de las exógenas y el caos interno resultante es tal que después de un mal día en el trabajo o en casa, la sola noticia de la subida de los tipos de interés podría situarme al borde de la autolesión, y no me refiero a morderme las uñas. Así que me niego en redondo a poner a prueba mi salud mental con estímulos a todas luces nocivos para mi ya suficientemente maltrecha psique.
Pero no es tarea sencilla, no crean. No se pueden hacer idea de lo difícil que es explicar esta actitud al entorno más directo, que rápidamente entra en la descalificación más obvia con frases del tipo “¿y tú te tienes por una persona culta?”, “¿cómo puedes vivir en la más absoluta desinformación en pleno siglo XXI? ¡Si tu padre levantara la cabeza!” Llegados a este punto es donde yo les digo que si el pobre levantara la cabeza, aparte de darse con la tapa, sería inmediatamente consciente de que de haber seguido él mi ejemplo probablemente hubiera estado con nosotros mucho más tiempo. Pero no contento con haber revolucionado a mis muertos, el mencionado entorno vuelve a la carga con argumentos del tipo “¿y de qué vas a hablar con la gente de la oficina a la hora del café?”, “¿no te das cuenta de que no puedes vivir al margen de lo que sucede a tu alrededor?”, que nadie duda de que son aplastantes y a cualquiera con una salud mental mejor que la mía habrían terminado por convencer. Pero como ya he dicho que no me caracterizo por poseer una mente razonable ni saludable y que a pesar de todo la pobre intenta mantenerse en precario equilibrio para no caer en las profundidades abisales, decido hacer extensiva mi resolución de no seguir la actividad informativa a los comentarios bienintencionados de mis allegados. Así, con la callada por respuesta, incrusto de nuevo la mirada en la pantalla del ordenador y dejo que Mozart vuelva a poner orden en las desacompasadas ondas que habitualmente pueblan mi cerebro.
domingo, 25 de febrero de 2007
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