miércoles, 9 de enero de 2008
Et nunc coepi
Se admiten apuestas: ¿cuánto durarán mis buenos propósitos de mantener vivo este blog? Only time will tell...
jueves, 26 de julio de 2007
¿Desidia, pereza, vacío mental?
Cualquiera de estas tres palabras se pueden aplicar a mi intento de justificar el abandono del blog durante casi cuatro meses. Y no es que me hubiera planteado como reto la publicación periódica y frecuente de entradas, pero sí reconozco que mi intención inicial al abrirlo era la de actualizarlo con una cierta asiduidad. Y es que a veces incluso lo que supone un placer o un desahogo puede llegar a convertirse en un peso abrumador cuando sobre el ánimo de cada uno vuela la idea de obligatoriedad de hacerlo. Así, cuanto más me repetía que debía escribir una nueva entrada, más en blanco quedaba mi mente a la hora de pensar sobre qué escribirla.
Pero aquí estoy de nuevo, llenando huecos en blanco a lo tonto, para que al menos los miles de lectores que tiene este blog (¿les llega la ironía?) no piensen que se echó el telón nada más nacer.
Continuará...
Pero aquí estoy de nuevo, llenando huecos en blanco a lo tonto, para que al menos los miles de lectores que tiene este blog (¿les llega la ironía?) no piensen que se echó el telón nada más nacer.
Continuará...
jueves, 8 de marzo de 2007
De subidas y bajadas
Hace unos días que alguien me recomendó "bienintencionadamente" que viera determinadas series de TV, y como yo soy una persona obediente, y de los amigos siempre me fío, al ver que una de ellas la emitían ayer por la noche, me dispuse a verla, no sin cierto reparo, lo confieso. Se llama "Entre fantasmas" y aparte de tener una trama absolutamente previsible y unos actores cuya característica más sobresaliente es tener unos rasgos corporales agradables, no encontré en ella nada que justificase la recomendación de mi amigo. No obstante, como no me rindo con facilidad, decidí llegar hasta el final y aguantar el episodio completo.
La serie gira entorno a una joven que desde niña es capaz de ver y comunicarse con los muertos. Con semejante aptitud, evidentemente, dedica su vida a ayudar a las pobres almas que no han abandonado este mundo por que han dejado algo pendiente que resolver. Hasta aquí no hay nada de especial (aparte de mi encarecida petición a todo el que lea esto de que ni se le ocurra perder el tiempo en la contemplación de semejante engendro televisivo) En el episodio que yo vi, a la protagonista se le aparece un espíritu que le dice que la tumba que ocupa su cadáver no es la suya, y le pide que le ayude a encontrar la solución. Indagando, indagando, descubre que un hombre que estuvo junto al muerto en sus últimos minutos de vida decidió cambiar su identidad por la de éste, fingiendo así su propia muerte de cara a que su viuda pudiera cobrar un seguro de vida. Pero como esa decisión es unilateral, la viuda que evidentemente le da por muerto, sufre muchísimo ante su pérdida. Sin entrar en más detalles (que realmente tampoco daba la propia serie, de tan simple que es) el pastel se descubre. Y por fin llego a donde yo quería. La cara de incredulidad, alegría, placer infinito y alivio que puso la viuda cuando vio aparecer al esposo al que daba por muerto me hizo recordar la muerte de mi padre.
A los dos meses de morir, soñé que mientras le velábamos en el tanatorio, el ataúd en el que yacía, de cristal, como un gran acuario, y que estaba lleno de formol, empezó a moverse y ante nuestros ojos atónitos mi padre se incorporó bruscamente. Miró a todos los lados, como si no diera crédito a lo que veía, hasta que mi madre se acercó a él y le abrazó. El médico nos dijo que no se explicaba lo ocurrido, pero lo cierto era que mi padre estaba perfectamente. Creo que nunca, nunca en mi vida he sido tan feliz en sueños como esa noche. Todo mi afán era contarle los acontecimientos recientes, entrar en detalles y nombrarle a toda la gente que había pasado por ahí para decirle adiós, el apoyo que nos había dado todo el mundo, porque todos le querían.
No es posible describir lo que se siente cuando crees que has perdido a la persona que más quieres, que sabes que nunca más volverás a verla, ni hablar con ella, y de repente vuelve inexplicablemente a la vida. El alivio, la sensación de felicidad, de alegría, las ganas de llorar, reír y gritar a la vez, son inenarrables, como inenarrable fue el despertar. La bajada a los infiernos de nuevo, la pérdida de la alegría de vivir ante lo irremediable, la desesperación, se apoderan de uno en tal medida que nada es capaz de hacerte reaccionar, salvo el tiempo, e incluso en este caso es necesario mucho, mucho tiempo.
La serie gira entorno a una joven que desde niña es capaz de ver y comunicarse con los muertos. Con semejante aptitud, evidentemente, dedica su vida a ayudar a las pobres almas que no han abandonado este mundo por que han dejado algo pendiente que resolver. Hasta aquí no hay nada de especial (aparte de mi encarecida petición a todo el que lea esto de que ni se le ocurra perder el tiempo en la contemplación de semejante engendro televisivo) En el episodio que yo vi, a la protagonista se le aparece un espíritu que le dice que la tumba que ocupa su cadáver no es la suya, y le pide que le ayude a encontrar la solución. Indagando, indagando, descubre que un hombre que estuvo junto al muerto en sus últimos minutos de vida decidió cambiar su identidad por la de éste, fingiendo así su propia muerte de cara a que su viuda pudiera cobrar un seguro de vida. Pero como esa decisión es unilateral, la viuda que evidentemente le da por muerto, sufre muchísimo ante su pérdida. Sin entrar en más detalles (que realmente tampoco daba la propia serie, de tan simple que es) el pastel se descubre. Y por fin llego a donde yo quería. La cara de incredulidad, alegría, placer infinito y alivio que puso la viuda cuando vio aparecer al esposo al que daba por muerto me hizo recordar la muerte de mi padre.
A los dos meses de morir, soñé que mientras le velábamos en el tanatorio, el ataúd en el que yacía, de cristal, como un gran acuario, y que estaba lleno de formol, empezó a moverse y ante nuestros ojos atónitos mi padre se incorporó bruscamente. Miró a todos los lados, como si no diera crédito a lo que veía, hasta que mi madre se acercó a él y le abrazó. El médico nos dijo que no se explicaba lo ocurrido, pero lo cierto era que mi padre estaba perfectamente. Creo que nunca, nunca en mi vida he sido tan feliz en sueños como esa noche. Todo mi afán era contarle los acontecimientos recientes, entrar en detalles y nombrarle a toda la gente que había pasado por ahí para decirle adiós, el apoyo que nos había dado todo el mundo, porque todos le querían.
No es posible describir lo que se siente cuando crees que has perdido a la persona que más quieres, que sabes que nunca más volverás a verla, ni hablar con ella, y de repente vuelve inexplicablemente a la vida. El alivio, la sensación de felicidad, de alegría, las ganas de llorar, reír y gritar a la vez, son inenarrables, como inenarrable fue el despertar. La bajada a los infiernos de nuevo, la pérdida de la alegría de vivir ante lo irremediable, la desesperación, se apoderan de uno en tal medida que nada es capaz de hacerte reaccionar, salvo el tiempo, e incluso en este caso es necesario mucho, mucho tiempo.
domingo, 4 de marzo de 2007
Pale blue dot (II)
Llueve. A mares. Es como si el cielo hubiera decidido tomar cartas en el asunto y ayudarnos a limpiar la mierda de este mundo. Pero como no es más que una cursi imagen “poética”, la mierda sigue ahí. Y yo no sería más que otro ser humano anegado en mierda de no ser por que Carl Sagan, muy elegantemente, eso sí, me ha puesto en mi sitio. Con qué facilidad perdemos la perspectiva de las cosas, sobre todo en lo que se refiere a nuestro papel en esta vida de la que lo desconocemos todo, absolutamente todo excepto que irremisiblemente termina, no importa lo que hagamos.
Entre los 10 y los 15 años experimenté esporádicos episodios de algo que no se me ocurre mejor forma de definir que llamándolo “momentos de trascendencia”. En ellos sentía que mi punto de vista se elevaba y me encontraba en disposición de valorar mi situación con una lucidez fascinante. Estos episodios se desarrollaban no importaba el lugar ni la hora, desde la plena concentración en una clase de latín hasta la relajación más absoluta de mi cama entre la vigilia y el sueño. Nunca fui capaz de determinar su duración, porque era como si todo a mi alrededor se detuviera y empezase a tener una perspectiva aérea de mi entorno más directo. En esos momentos sentía perfectamente la ligereza de nuestra existencia, sentía que no somos nada de calado, que nuestra existencia es algo casual, sin trascendencia, demasiado pequeños para ser tenidos en cuenta dentro del contexto global de lo que sea que nos rodee. Pero a partir de los 15 años, dejé de vivir esos episodios, probablemente coincidiendo con el brote de la adolescencia, en la que el egocentrismo se eleva a la enésima potencia. La madurez y los problemas diarios remataron la jugada.
Con todo esto lo que quiero decir es que el texto de Sagan me llega con especial intensidad y me ayuda a recuperar en cierta manera esa conciencia infantil de pequeñez e insignificancia, que de estar más presente en nuestro día a día nos ayudaría a relativizar y trivializar los problemas que nos acucian.
Entre los 10 y los 15 años experimenté esporádicos episodios de algo que no se me ocurre mejor forma de definir que llamándolo “momentos de trascendencia”. En ellos sentía que mi punto de vista se elevaba y me encontraba en disposición de valorar mi situación con una lucidez fascinante. Estos episodios se desarrollaban no importaba el lugar ni la hora, desde la plena concentración en una clase de latín hasta la relajación más absoluta de mi cama entre la vigilia y el sueño. Nunca fui capaz de determinar su duración, porque era como si todo a mi alrededor se detuviera y empezase a tener una perspectiva aérea de mi entorno más directo. En esos momentos sentía perfectamente la ligereza de nuestra existencia, sentía que no somos nada de calado, que nuestra existencia es algo casual, sin trascendencia, demasiado pequeños para ser tenidos en cuenta dentro del contexto global de lo que sea que nos rodee. Pero a partir de los 15 años, dejé de vivir esos episodios, probablemente coincidiendo con el brote de la adolescencia, en la que el egocentrismo se eleva a la enésima potencia. La madurez y los problemas diarios remataron la jugada.
Con todo esto lo que quiero decir es que el texto de Sagan me llega con especial intensidad y me ayuda a recuperar en cierta manera esa conciencia infantil de pequeñez e insignificancia, que de estar más presente en nuestro día a día nos ayudaría a relativizar y trivializar los problemas que nos acucian.
Pale blue dot (I)
Look again at that dot. That's here. That's home. That's us. On it everyone you love, everyone you know, everyone you ever heard of, every human being who ever was, lived out their lives. The aggregate of our joy and suffering, thousands of confident religions, ideologies, and economic doctrines, every hunter and forager, every hero and coward, every creator and destroyer of civilization, every king and peasant, every young couple in love, every mother and father, hopeful child, inventor and explorer, every teacher of morals, every corrupt politician, every "superstar," every "supreme leader," every saint and sinner in the history of our species lived there--on a mote of dust suspended in a sunbeam.The Earth is a very small stage in a vast cosmic arena. Think of the rivers of blood spilled by all those generals and emperors so that, in glory and triumph, they could become the momentary masters of a fraction of a dot. Think of the endless cruelties visited by the inhabitants of one corner of this pixel on the scarcely distinguishable inhabitants of some other corner, how frequent their misunderstandings, how eager they are to kill one another, how fervent their hatreds.
Our posturings, our imagined self-importance, the delusion that we have some privileged position in the Universe, are challenged by this point of pale light. Our planet is a lonely speck in the great enveloping cosmic dark. In our obscurity, in all this vastness, there is no hint that help will come from elsewhere to save us from ourselves.
The Earth is the only world known so far to harbor life. There is nowhere else, at least in the near future, to which our species could migrate. Visit, yes. Settle, not yet. Like it or not, for the moment the Earth is where we make our stand.
It has been said that astronomy is a humbling and character-building experience. There is perhaps no better demonstration of the folly of human conceits than this distant image of our tiny world. To me, it underscores our responsibility to deal more kindly with one another, and to preserve and cherish the pale blue dot, the only home we've ever known.
-- Carl Sagan, Pale Blue Dot, 1994
Copy de la imagen: NASA / JPL
viernes, 2 de marzo de 2007
¡Amor! Amor... ¿Amor?
Esta entrada en el blog de Bliss ha hecho que se ponga de nuevo en marcha en mi cabeza la maquinaria de pensar. Y no es que vaya a llegar a conclusiones muy esclarecedoras, pero ahí quedarán, para quien las quiera leer. ¿Es realmente el amor un sentimiento tan humano como el odio, que no se ve afectado por el paso del tiempo transcurrido desde que San Pablo escribió esa carta a los Corintios? (de cuya respuesta, por cierto, no hay ninguna constancia así que o el correo funcionaba muy mal por aquel entonces o eran rematadamente maleducados estos Corintios) Porque si leemos la descripción que este Santo Varón hace del mismo no puede decirse que esté hablando de lo que en nuestros días llamamos “Amor”, así, con mayúsculas y luces de neón.
“El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no es presumido niComo bien dice Bliss en los comentarios, ese amor tan perfecto sólo se da en las relaciones materno-filiales, ni siquiera los padres ni mucho menos los hijos son capaces de igualar ni corresponder ese amor. En las relaciones afectivas fuera del entorno familiar tampoco existe el amor como el que pinta San Pablo. En el mejor de los casos se produce un sentimiento unilateral que desde luego no está en absoluto libre del egoísmo. ¿De dónde si no viene el sufrimiento? Del deseo absoluto de correspondencia, de que el objeto de nuestro amor nos lo devuelva en la misma medida. Incluso la frase "Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera" tiene unas terribles connotaciones al estar tales razones en la base del matrato en la pareja. Cuando, de nuevo en el terreno unilateral que antes mencionaba, un individuo es capaz de sentir de esa manera, también se vuelve en su contra cuando lo refleja en su forma de actuar. La naturaleza del ser humano nos hace desear lo inaccesible, de tal forma que cuanto peor se nos trata (dentro de unos límites que marca cada uno, por supuesto) más nos atrae el objeto de nuestro interés, y cuanto mejor se portan con nosotros, menos interesantes nos resultan los que tan bien nos "quieren". Ojalá pudiéramos dejar de desear un mundo ideal que por nuestra propia naturaleza nunca alcanzaremos. Ojalá pudiéramos reconciliarnos con esta naturaleza nuestra y aprender a vivir con nuestros "defectos"
orgulloso; no es grosero ni egoísta, no se irrita, no toma en cuenta el mal; el amor no se alegra de la injusticia; se alegra de la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo tolera. (...) Tres cosas hay que permanecen: la fe, la esperanza y el amor. Pero la más grande de las tres es el amor.”
domingo, 25 de febrero de 2007
De vivos y muertos
Si me siento ante el ordenador con la sola compañía del “Concierto para oboe y orquesta en Do mayor K 314” de Mozart me cuesta un gran trabajo creer que fuera de los límites que mi percepción sensorial inmediata me marca haya un mundo que se mueve al ritmo de los pequeños problemas cotidianos de cada ser humano, así como del de los grandes problemas que aparentemente marcan nuestro destino como especie viva. Sin que me haya supuesto un gran esfuerzo de sometimiento de voluntad he decidido mantenerme al margen de la actividad informativa diaria para centrarme en el análisis y búsqueda de soluciones de mi propia miseria.
No consigo entender cómo los individuos de esta sociedad pueden albergar en su cabeza tanto las miserias propias como las ajenas, llegando en ocasiones incluso a encontrar un cierto confort en la comparación de ambas. Mi cabeza es incapaz de tal ejercicio, hasta el punto de que, si la sitúo en esa tesitura, no puede separar las sensaciones endógenas de las exógenas y el caos interno resultante es tal que después de un mal día en el trabajo o en casa, la sola noticia de la subida de los tipos de interés podría situarme al borde de la autolesión, y no me refiero a morderme las uñas. Así que me niego en redondo a poner a prueba mi salud mental con estímulos a todas luces nocivos para mi ya suficientemente maltrecha psique.
Pero no es tarea sencilla, no crean. No se pueden hacer idea de lo difícil que es explicar esta actitud al entorno más directo, que rápidamente entra en la descalificación más obvia con frases del tipo “¿y tú te tienes por una persona culta?”, “¿cómo puedes vivir en la más absoluta desinformación en pleno siglo XXI? ¡Si tu padre levantara la cabeza!” Llegados a este punto es donde yo les digo que si el pobre levantara la cabeza, aparte de darse con la tapa, sería inmediatamente consciente de que de haber seguido él mi ejemplo probablemente hubiera estado con nosotros mucho más tiempo. Pero no contento con haber revolucionado a mis muertos, el mencionado entorno vuelve a la carga con argumentos del tipo “¿y de qué vas a hablar con la gente de la oficina a la hora del café?”, “¿no te das cuenta de que no puedes vivir al margen de lo que sucede a tu alrededor?”, que nadie duda de que son aplastantes y a cualquiera con una salud mental mejor que la mía habrían terminado por convencer. Pero como ya he dicho que no me caracterizo por poseer una mente razonable ni saludable y que a pesar de todo la pobre intenta mantenerse en precario equilibrio para no caer en las profundidades abisales, decido hacer extensiva mi resolución de no seguir la actividad informativa a los comentarios bienintencionados de mis allegados. Así, con la callada por respuesta, incrusto de nuevo la mirada en la pantalla del ordenador y dejo que Mozart vuelva a poner orden en las desacompasadas ondas que habitualmente pueblan mi cerebro.
No consigo entender cómo los individuos de esta sociedad pueden albergar en su cabeza tanto las miserias propias como las ajenas, llegando en ocasiones incluso a encontrar un cierto confort en la comparación de ambas. Mi cabeza es incapaz de tal ejercicio, hasta el punto de que, si la sitúo en esa tesitura, no puede separar las sensaciones endógenas de las exógenas y el caos interno resultante es tal que después de un mal día en el trabajo o en casa, la sola noticia de la subida de los tipos de interés podría situarme al borde de la autolesión, y no me refiero a morderme las uñas. Así que me niego en redondo a poner a prueba mi salud mental con estímulos a todas luces nocivos para mi ya suficientemente maltrecha psique.
Pero no es tarea sencilla, no crean. No se pueden hacer idea de lo difícil que es explicar esta actitud al entorno más directo, que rápidamente entra en la descalificación más obvia con frases del tipo “¿y tú te tienes por una persona culta?”, “¿cómo puedes vivir en la más absoluta desinformación en pleno siglo XXI? ¡Si tu padre levantara la cabeza!” Llegados a este punto es donde yo les digo que si el pobre levantara la cabeza, aparte de darse con la tapa, sería inmediatamente consciente de que de haber seguido él mi ejemplo probablemente hubiera estado con nosotros mucho más tiempo. Pero no contento con haber revolucionado a mis muertos, el mencionado entorno vuelve a la carga con argumentos del tipo “¿y de qué vas a hablar con la gente de la oficina a la hora del café?”, “¿no te das cuenta de que no puedes vivir al margen de lo que sucede a tu alrededor?”, que nadie duda de que son aplastantes y a cualquiera con una salud mental mejor que la mía habrían terminado por convencer. Pero como ya he dicho que no me caracterizo por poseer una mente razonable ni saludable y que a pesar de todo la pobre intenta mantenerse en precario equilibrio para no caer en las profundidades abisales, decido hacer extensiva mi resolución de no seguir la actividad informativa a los comentarios bienintencionados de mis allegados. Así, con la callada por respuesta, incrusto de nuevo la mirada en la pantalla del ordenador y dejo que Mozart vuelva a poner orden en las desacompasadas ondas que habitualmente pueblan mi cerebro.
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