Hace unos días que alguien me recomendó "bienintencionadamente" que viera determinadas series de TV, y como yo soy una persona obediente, y de los amigos siempre me fío, al ver que una de ellas la emitían ayer por la noche, me dispuse a verla, no sin cierto reparo, lo confieso. Se llama "Entre fantasmas" y aparte de tener una trama absolutamente previsible y unos actores cuya característica más sobresaliente es tener unos rasgos corporales agradables, no encontré en ella nada que justificase la recomendación de mi amigo. No obstante, como no me rindo con facilidad, decidí llegar hasta el final y aguantar el episodio completo.
La serie gira entorno a una joven que desde niña es capaz de ver y comunicarse con los muertos. Con semejante aptitud, evidentemente, dedica su vida a ayudar a las pobres almas que no han abandonado este mundo por que han dejado algo pendiente que resolver. Hasta aquí no hay nada de especial (aparte de mi encarecida petición a todo el que lea esto de que ni se le ocurra perder el tiempo en la contemplación de semejante engendro televisivo) En el episodio que yo vi, a la protagonista se le aparece un espíritu que le dice que la tumba que ocupa su cadáver no es la suya, y le pide que le ayude a encontrar la solución. Indagando, indagando, descubre que un hombre que estuvo junto al muerto en sus últimos minutos de vida decidió cambiar su identidad por la de éste, fingiendo así su propia muerte de cara a que su viuda pudiera cobrar un seguro de vida. Pero como esa decisión es unilateral, la viuda que evidentemente le da por muerto, sufre muchísimo ante su pérdida. Sin entrar en más detalles (que realmente tampoco daba la propia serie, de tan simple que es) el pastel se descubre. Y por fin llego a donde yo quería. La cara de incredulidad, alegría, placer infinito y alivio que puso la viuda cuando vio aparecer al esposo al que daba por muerto me hizo recordar la muerte de mi padre.
A los dos meses de morir, soñé que mientras le velábamos en el tanatorio, el ataúd en el que yacía, de cristal, como un gran acuario, y que estaba lleno de formol, empezó a moverse y ante nuestros ojos atónitos mi padre se incorporó bruscamente. Miró a todos los lados, como si no diera crédito a lo que veía, hasta que mi madre se acercó a él y le abrazó. El médico nos dijo que no se explicaba lo ocurrido, pero lo cierto era que mi padre estaba perfectamente. Creo que nunca, nunca en mi vida he sido tan feliz en sueños como esa noche. Todo mi afán era contarle los acontecimientos recientes, entrar en detalles y nombrarle a toda la gente que había pasado por ahí para decirle adiós, el apoyo que nos había dado todo el mundo, porque todos le querían.
No es posible describir lo que se siente cuando crees que has perdido a la persona que más quieres, que sabes que nunca más volverás a verla, ni hablar con ella, y de repente vuelve inexplicablemente a la vida. El alivio, la sensación de felicidad, de alegría, las ganas de llorar, reír y gritar a la vez, son inenarrables, como inenarrable fue el despertar. La bajada a los infiernos de nuevo, la pérdida de la alegría de vivir ante lo irremediable, la desesperación, se apoderan de uno en tal medida que nada es capaz de hacerte reaccionar, salvo el tiempo, e incluso en este caso es necesario mucho, mucho tiempo.
jueves, 8 de marzo de 2007
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